El sistema penitenciario ha sido históricamente diseñado tomando como referencia mayoritaria la realidad de los hombres, lo que puede generar importantes desigualdades en el tratamiento de las mujeres privadas de libertad. Este artículo analiza las principales manifestaciones de ese sesgo androcéntrico, desde la configuración de los centros penitenciarios y el acceso a programas de reinserción hasta la atención sanitaria y los criterios utilizados para valorar beneficios penitenciarios.
Asimismo, aborda las posibles vías para corregir estas desigualdades, con especial atención a las Reglas de Bangkok de Naciones Unidas y a la necesidad de incorporar una verdadera perspectiva de género en las políticas penitenciarias, adaptando recursos, protocolos y sistemas de evaluación a las circunstancias específicas de las mujeres en prisión.
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